Cuando encuentras una amiga encuentras un tesoro, eso es lo que dicen algunos, pero no siempre es así. Tengo una amiga, bueno una “amiga” que necesitó ayuda con un chico al que no podía enganchar como ella quería. Así, medio en serio medio en broma, le propuse un juego: captar al tipo desde su mente hasta su glande, pasando, obviamente por sus pelotas.
¿Maldades femeninas?. Seguro.
Todo empezó un día de invierno cuando hablábamos de nuestras cosas mientras trabajábamos. Afuera nevaba copiosamente y su desesperación por no poder atrapar a su chico semejaban a los copos de nieve que caían detrás de las ventanas. Se me ocurrió, entonces, que una buena sesión de BDSM de las más suaves, podría ayudarla en su empeño y fue como poco a poco y palabra tras palabra comenzó a concederse el capricho del sexo a tres. Claro que una de ellas, yo misma, jamás quedaría impresa en la memoria del joven deseado.
Le expliqué el plan paso a paso y aceptó.
Le llamó una noche de martes para que llegara el miércoles a su casa donde le esperaba con un vestido palabra de honor negro de satén, le hizo pasar hasta el salón y le invitó a un Brugal con cola y mucho hielo en vaso de sidra. Comentaron el frio que hacía fuera y lo crudo que estaba siendo el invierno. Acto seguido, él le preguntó si hacía en casa el suficiente calor como para llevar ese vestido puesto, y ella le contestó que le sobraba calor como para calentar el invierno, a lo que el sonrió y entendió a lo que se refería. Obvio, estaba como una brasa.
Le tomó de la mano y se lo llevó al dormitorio con una sonrisa de ésas que sólo las mujeres más ardientes esbozan con la naturalidad que les da el saber lo que están haciendo.
Una vez en la habitación, ella se desabrochó el vestido dejándolo caer al suelo y exponiendo su silueta entre las luces de las velas que había encendido un rato antes de que él llegara. La atmósfera era la precisa para encandilar al ingenuo, luego lo fue desvistiendo despacio entre beso aquí y allí, le obligó a extenderse sobre la cama y de forma felina y tramposa comenzó a atarle muñecas y tobillos al cabecero y pies de la cama, luego cuando él estaba indefenso le vendó los ojos con un pañuelo rojo de seda que se trajo de Zurich. Ahí fue cuando abrió la puerta del baño y entré yo.
El hombre giró su cara al sentir el ruido y preguntó qué pasaba. Ella no le contestó. Sólo comenzó a acariciar su sexo con sus ágiles y largos dedos como de pianista mientras yo le lamía y mordisqueaba suavemente sus pezones. El preguntó si había alguien más en la habitación pero ella le cerró la boca con un beso mientras yo la suplantaba masajeando el pene, que por cierto estaba duro como el granito, pero no tan frío. Luego mientras mis manos acariciaban ese imponente falo mi amiga comenzó a acariciarlo con sus labios, y yo giñándole un ojo, apoyé mi sexo sobre la boca del incauto. Cuando el falo parecía a punto de explotar, ambas nos retiramos. Él seguía comiéndome el coño como un lobo hambriento, había detectado que todo era distinto. Miré a los ojos de mi amiga y vi que me hizo un gesto cómplice y deslicé mi coño desde sus labios hasta su pecho reemplazándome ella. Tomé una de las velas y derramé cera caliente sobre su pecho, estómago y pubis. Él se contrajo en un breve quejido mientras mi amiga apretaba su coño contra sus labios, yo descendí mi boca sobre su polla a punto de reventar, en ese momento mi amiga me sorprende metiendo sus dedos en mi coño y advirtiendo así mi humedad mientras yo llevaba esa polla hasta lo más profundo de mi garganta. El rogaba para que lo soltásemos, ya que había comprendido que éramos dos, y no me había visto. Quería saber quién además de mi amiga le estaba regocijando, le estaba regalando tanto placer, luchaba por soltarse, estiraba sus dedos como tentáculos y se desesperaba por no poder tocarnos.
Mi amiga y yo cambiamos de posición, y volví a poner mi coño en su boca mientras ella comenzó a cabalgar sobre ese magnífico pene. La diversión era toda nuestra, y estábamos tan desatadas que mi amiga y yo nos abrazamos y empezamos a besarnos, a acariciarnos y a frotarnos los pechos la una contra la otra. De alguna forma, el incauto dejó de importarnos. Mientras él se corría oyendo nuestros gemidos, mi amiga y yo caímos sobre la alfombra y seguimos besándonos y acariciándonos como posesas . El nos escuchaba y nos gritaba que quería ver, mi amiga se levantó como para quitarle la venda pero yo pequé mi boca a su coño y comencé a lamerlo sintiendo el gusto del semen recién derramado. Ella cambió de idea y se introdujo el pene flácido en su boca comenzando a chuparlo con toda el ansia de una mujer sexualmente mal atendida. Yo tomé la vela que había caído al suelo y me la introduje en mi coño masturbándome con ella mientras mi amiga tenía un orgasmo descomunal gracias a mi comida.
El incauto dado que mi amiga estaba teniendo espasmos tirada en el suelo, había quedado con su pene erecto y sin mamada pidiendo a gritos que siguiese. Me senté sobre esa magnífica polla dándole la espalda a su cara y me la introduje en mi culo mientras mi amiga se recuperaba, ahora era yo la insatisfecha. Mi amiga se puso de pie temblando y me besó largamente en la boca acariciando con su lengua mis labios y mis encías, yo sentía mi ano a punto de estallar pero mi orgasmo no llegaba, así que, mientras mi amiga me besaba la boca y las tetas llevé su mano a mi vagina y fue así que empezó a masturbarme con tanta habilidad que mi orgasmo acabó siendo bestial coincidiendo con el orgasmo del inocente cuya polla sentía palpitar en mi culo.
Mi amiga y yo nos pusimos de pie frente a frente, el semen nos corría por las piernas, nuestras miradas se encontraron, ambas estábamos encendidas de una forma en la que jamás creímos que el incauto nos pondría. El plan se había ido a la mierda. Nos abrazamos y nos besamos con ganas de devorarnos, caímos sobre la alfombra y cada una de nosotras buscó el coño de la otra. Nos lamimos, chupamos, mordimos, metimos dedos hasta que explotamos en un largo e intenso aullido de lobas satisfechas. El incauto nos oía desesperado y no dejaba de gritar que quería ver, ver, ver…
Me puse de pie temblorosa sintiendo palpitar aún mi vagina, tomé mi abrigo y salí de la casa.
Mi amiga le quitó la venda de los ojos a su chico, lo desató, le extendió sus ropas y le dijo que se fuera.
El, aún con su pene erecto se vistió y con mirada de perrito apaleado salió de la casa subió a su coche y se marchó. Mi amiga quedó desnuda recortada por la luz de las velas en la puerta de entrada, yo salí de mi escondite y me acerqué a ella.
Después del libro llegaron las páginas abiertas. Muy abiertas como las piernas de una mujer deseosa de la incandescencia. ¿Ves?. ¿Ves su sexo rojo y húmedo como una amapola al amanecer, lleno del rocío de la madrugada?.
Un hombre cualquiera elige cualquier mujer para sus deseos. Una mujer “suele” elegir sus deseos sin embargo, cuando elige lo hace por alguna razón en especial, y esa razón suele ser lo que llamamos morbo.
El morbo es ese instinto, casi animal, que nos hace desear algo “malsano”. Pero me vas a permitir decirte que algo malsano no es el sexo, algo malsano no es la atracción, algo malsano no es el deseo.
Un día revisaba mi buzón de entrada de correo en una de las tantas páginas en las que había colgado fotos mías en actitudes digamos que “provocadoras” y recibí un mensaje de alguien que deseaba Follar-me. En su mensaje decía algo así como que daría lo que fuera por tenerme. Era un hombre amante de la libertad que no tenía, amante de la seguridad en uno mismo que no podía disfrutar, y amante de las mujeres con el suficientemente libre instinto sexual que las permitiera follar y follar hasta reventarse así mismas y a sus queridos compañeros de cama. Esas mujeres que follan por amor al arte, por amor a la compasión y por amor al divino sexo por el sexo.
Vino a casa, trajo un par de botellas de whisky y charlamos, reímos, nos contamos, y cuando mi pareja fue al baño, se produjo “su” milagro; le pregunté ¿qué? y el me respondió con otra pregunta (¿vamos?). Fuimos.
Nos apartamos al sofá y desabroché su cinturón, el desarropó mis hombros de todo abrigo; acaricié su polla con esmero y él me recompensó con su dureza; besé su glande con ternura y él alzó su rostro al cielo; acaricié su vientre con la punta de mis dedos, le temblaba el semblante, yo sonreía, el gozaba del primer tacto, y del segundo, infinitos. Sucedieron las caricias, las miradas, sucedieron los besos, los deseos y esa extraña forma que tienen los amantes de mirarse, como midiendo, como atravesando las distancias y ver hasta donde llegas, o llegan.
¿Y a dónde van a llegar? al cielo más profundo, al ansia divina del placer más envidiado, al fastuoso momento introductivo, a la penetración, al bombeo constante y ansioso, a los suspiros, a la sangre apelotonada en cada uno de sus sexos, al rozamiento, al rodamiento, a las humedades no permitidas por sociedades con pecho apretado de paloma, a lo que de rojo tiene la pasión no contenida. A follar, coger, copular, yacer, cubrir, fornicar con afán; mete-saca interminable; nudo en la garganta, falta de respiración, hormigueo en la planta de los pies y falta total y absoluta de cansancio nutrida por completo del instinto primordial, el más animal: follar, follar, follar, reproducción total, follar y seguir follando hasta el último suspiro. Y al final la eyaculación sobre mis pechos, y rondando, rondando mis dedos atrapando la esencia del placer tantos años encarcelada en un escroto, transportada hasta mi boca, y saboreada con la ambición del groumet más exquisito. Mis ojos le hablaron sin palabras del buen hacer de un pirata en el armario. Mi querido pirata me visita, y en cada encuentro, encuentro su deseo, sus ganas, su milagro y su afán, su piel, su falo incontenible y duro como el mármol, su tibieza, su calor y su brillo cuando ve mi coño receptivo, abierto, deseoso brillante y rojo, anhelante de su semen, mi ano detenido para tenerle y, a la vez, recompensarle por todos los momentos en los que le falto su libre deseo de tenerme sin haberme tenido.
Y a todo esto, mi amor, el amor de mi vida, la razón de mi existencia, me mira, y al verme tan orgullosa me dice: “nena, te amo, por lo que sos y por cuanto sos” Y entonces hacemos el amor, yo dolorida y satisfecha, el ardiente y satisfecho. Y después dormimos abrazados.
A mi piratita 666 Sabes que te queremos y te extrañamos. Pronto nos volveremos a ver
La piel cuando es tuya es dos veces piel, primero por lo acariciable y segundo por esa connotación sexual que puede poseer si la miras de cerca y detenidamente. Y luego están los zapatos que te ayudan a seguir el camino, te protegen y permiten la continuidad de lo que tienes planeado. Por supuesto las metáforas hay que digerirlas.
Hay un hombre entre mi mente y mis deseos que se viste con su propia piel y se calza con zapatos negros. Mi El. El que distuba mis sentidos y el que me ve tan profunda y detenidamente que sabe lo que deseo en cada momento de mis días sin tener que mirarme siquiera.
Mi Él sabe exactamente qué espero en cada momento, sabe como acariciarme, con qué intensidad, cómo besarme y con qué fuerza, sabe como poseerme y con cuanta descarga. Él sabe el blanco que deseo y dónde, entre mis senos, en mi boca, en mi vagina, en mi cara, o simplemente sobre un plato para que yo pueda lamerlo despacio, saboreándolo, sintiendo su olor y sus promesas de cascada infinita.
Mi Él sabe cuanto nos deseamos y de qué forma en todo momento. Sabe que a veces deseo la luz del sol entre mis piernas y otras su calor ardiente. Sabe que a veces la dulzura de un roce con sus labios me lleva de viaje por el arcoíris y otras hacer doler mi carne, eleva mi placer a lo más alto. Sabe, también, que un susurro en mi oído aplaca mi ansia y sabe que gritarme “puta” pegando su frente a la mía, sin ningún pudor, me hace atravesar la línea de mis caricias hasta convertirlas en la necesidad de llenar el hueco de mis manos con su carne.
Mi Él sabe del poder de su boca en mi coño y del poder de la mía en su verga. Al contrario de lo que el común de la gente cree, el poder del sexo está en quien te da el placer no en quien lo recibe.
Mi Él puede atarme con una correa y el consiguiente collar de perro a la pata de la cama para que le coma la polla, y lo haré con todas mis ansias, pero el poder siempre lo tendré yo, porque soy quien le proporciona ese placer que Él necesita. Y Su poder radica en su entendimiento de mis deseos al milímetro, al instante, sin ni siquiera vernos. Hemos estado lejos, tan lejos que espanta los sentidos, pero siempre hemos sabido qué espera uno del otro.
Mi Él es un hombre desnudo con zapatos negros que sólo necesita chascar los dedos para que yo vaya de inmediato a abrir mis piernas para recibirle o para que, por el contrario, exija su lengua succionante en mi sexo para que se beba mi alma de un trago voraz; para atiborrarme de su vida a través de su polla roja , viva y latente, o para que exprima mis senos hasta la última de mis células.
Mi Él reconoce que mi alimento es su aliento en mi boca y que el suyo es mi entrega sin premisas.
Sí. Se me llena la boca cuando digo que mi Él es mi todo, y que mi todo es para Él.
Suena el bandoneón y sus notas elevan mis manos hasta tu nuca a la vez que llevan las tuyas a mi cintura, llegamos a estirar nuestras manos hasta el abrazo sostenido, intenso. Pegaditos. Tu frente pegada a mi frente, tus ojos reflejados en los míos, y las notas nos mueven con la dejada cadencia arrabalera. La punta de tu pié arrastra el mío dibujando un arco como tu espalda en el éxtasis. Me giras y mi pierna vuela en firuletes buscando las tuyas. “Sosteneme, no me dejés caer” te digo en un susurro y sonriendo me aprietas ajustándome más aún contra tu cuerpo, y me lanzas. “Yira, yira”. Me pego a ti, me pego sin que la gravedad me afecte, estirada como la cuerda de un violín. Sólo el ruedo de mi falda vuela. Quiero encontrar el mensaje de tu pecho. Quiero bailarte, tanguearte la cadera. Pelvis vs. pelvis. Más pegados aún. Caminata, molinetes, salidas, toques y el vaivén. Vaivén… Acaricio tu mejilla, respiramos y el aire se nos atraganta. Huelo tu deseo y mis muslos te buscan. Caminata porteña “pebeta” me dices, “dejate arrastrar” y sin pensar me hundo en un mar de sentimientos, con la pasión que nace de esta hermosa canción, repto tu torso, mis piernas estiradas, bien estiradas y muy juntas. Aspiro. Te aspiro y te deseo. “Me encendés”. Mi piel te reconoce y mis manos advierten tu pasión, te recorro con ellas en un Braille de delirio hurgandote. Conocerte no es suficiente en ese instante. He de memorizar la geografía de tu cuerpo. He de sentirlo en mí, en mi hondo. Nuestras bocas abiertas y nuestros ojos cerrados. Mis sentidos apoyados en tu cuello. Mi sexo sostenido por el tuyo. También baila el aliento. “Bailá, linda bailá”. Termina la tanda y agitados aún nos movemos, nuestros pies bailan, bailan nuestros poros. Baila todo… y quiero más, aún mucho más.
¿Cuántas veces la complicidad entre las parejas llega a su límite? ¿y cuál es el límite para una pareja?. No sé si el relato que expongo a continuación fue una situación límite o no, lo que sí se es que resultó excitante y sobre todo muy divertida.
Esto ocurrió no hace demasiado tiempo. Había salido con unos amigos como se tiene por costumbre los fines de semana y, de entre todos ellos, uno era extremadamente especial para mí.
Éramos una pareja distinta, adorábamos estar juntos pero ambos excluíamos el compromiso con el otro, compartíamos el piso y los momentos de descanso y, aún teniendo cada uno su dormitorio, cada noche compartíamos también la cama, también los amigos y amigas. En fin éramos como una pareja de hecho pero sin ningún tipo de cadena.
Un fin de semana decidimos que sería buena idea irnos con nuestros amigos a una casa rural y pasarlo bien. Hacía muy poquito que una de las chicas había traído a una amiga y nosotros observamos que mi amigo le atraía intensamente, así que empezamos a “jugar” con ella. Entre copa y copa acabamos convenciéndola de que sería bueno que se dejase llevar por el deseo y entrara en la habitación de mi amigo para pasar la noche con nosotros. Al principio su sorpresa era evidente al igual que su incomodidad, sin embargo hice gala de todo mi poder de convencimiento para tranquilizarla asegurándola que yo simplemente estaba allí para ayudarla, confortarla, y en todo caso, servirle de guía.
Y así fue. Entramos los tres, ella de mi mano, yo de la mano de mi amigo. La senté al borde de la cama y le ofrecí una copa más del minibar mientras mi amigo y cómplice en el juego se sentaba en un sillón en el rincón al fondo del dormitorio con su sonrisa de golfo recalcitrante que tan buenos ratos me había hecho pasar y que tanto le asustaba a ella. Me senté a su lado y le hice ver que podría irse si así lo consideraba, aun sabiendo que de ningún modo dejaría pasar ese momento. Miró a mi amigo y le sonrió ya más calmada. Yo sabía que él había movido, aunque fuese, un pelo, su dedo meñique, algo. Y en efecto, le estaba tendiendo su mano. Ella trató de levantarse pero una leve presión de mi mano sobre su hombro le dio a entender que aún no era el, la besé en la mejilla y acercando mi boca a su oído le pedí, en un susurro, que esperase y así pude ir desabrochándole la blusita poco a poco para acariciarle un pecho mientras no dejaba de besarle el cuello. No tardó mucho en responder desprendiéndose de la prenda por completo. En seguida me di cuenta de que sus pechos le encantarían a mi amigo por lo naturales y proporcionados que eran. Lamerlos poco a poco y con ternura hizo que su excitación creciera al punto que pude notar como extendía su mano hacia mi amigo para llamarlo. Y él respondió, naturalmente, acercándose a ella. Él y yo nos besamos con un beso hondo y apasionado.
Como para hacerle entrega del manjar que teníamos al lado le cedí mi sitio en sus senos y yo me arrodillé frente a ellos con la intención de subirle la falda para empezar a tomar posesión de sus otros labios, jugosos y palpitantes hasta que se tumbara de espaldas y se entregara a él por completo, algo que sucedió en pocos instantes. Una vez entregada y habiendo él tomado mi lugar por segunda vez, comencé a desnudar a mi amigo desabrochando su cinturón, después su camisa y dejando su torso desnudo y permitiendo que ella posara en él sus labios. Tiré de sus pantalones hasta sacarlos y después de su slip. Casi estaban los dos desnudos.
Me metí entre ambos y los separé. La erección de mi amigo era considerable, y la humedad entre las piernas de ella también. ¿Estaban preparados? No me importó, porque yo quería seguir con el juego. Quería que ambos explotasen de deseo mientras yo desde el sillón miraba y esperaba mi turno. Mis rodillas se apoyaron en el suelo del dormitorio a la vez que mi boca se abría para el pene de mi amigo y mis dedos rozaban los labios vaginales de ella. Mis ojos iban de uno a otro y me estaba divirtiendo como hacía tiempo no lo hacía. Ella estaba abierta por completo gimiendo y él miraba al techo gimiendo también. Y mi boca iba de uno a otro intentando beberlos hasta la última gota. Él arqueaba su espalda y tensaba sus piernas y ella se abría cada vez más. Había llegado el momento.
Me levanté, tomé a la chica por el cuello haciendo que se incorporase y acerqué su boca a la polla de mi amigo que la recibió con ansia incontenida. Sus manos lo rodeaban por las caderas en un intento de tragárselo hasta donde no diera más. Él tenía su cabello agarrado con las dos manos ayudándola a que eso pudiera pasar. Y yo ya estaba en el sillón, observando como dos cuerpos trataban de devorarse.
Él la separó y la tomó por los hombros para levantarla y tumbarla sobre la cama, se tumbó sobre ella, la penetró con fuerza pero sin brusquedad, bombeó siempre mirándola a los ojos, una vez, y otra vez, y otra más, mientras ella gemía. La cama se movía, ella gritaba, él empujaba, ella le abrazaba por la cintura con sus piernas, él volvía a empujar y ella se agarraba a sus hombros con desesperación, él empujaba de nuevo y ella contenía la respiración. Era un hermoso cuadro.
Él le dio la vuelta levantándole el culo y haciendo que agachara la cabeza y la apoyara entre sus brazos. Mantuvo el ritmo hasta que ella ya con la cabeza semiescondida entre la colcha lanzó un grito hondo y agudo al tiempo que estiraba sus brazos al límite. Miré a mi amigo y de nuevo le pude ver la sonrisa y sin dejar de bombear sacó el pene de la chica y esparció su esperma sobre la espalda de la muchacha contrayendo su rostro y lanzando su cabeza hacia atrás.
Cayeron ambos desplomados en la cama, ella hacia abajo y él a su lado y de costado. Estaban exhaustos. Fue cuando me levanté y me senté al borde de la cama junto a ella acariciándole la espalda, no tuve más remedio que saborear todo el esperma depositado en su espalda. Siempre me gustó el sabor del semen pero de forma especial, el de ese semen. Lamí recorriendo aquel cuerpo saboreando los diferentes tonos de salado, el sudor de ella, el semen de él, el agridulce de su vagina, y por último el dulce sabor de su boca…
Luego fue mi turno, pero eso ya no importa, por lo menos hoy.
Su dedo índice se dirigió a uno de mis pechos y, levemente, dibujó el arco inferior rozándolo con extrema delicadeza. Su mirada buscaba la mía, como el cazador que estudia a su presa, pero yo había entendido: no podía mirar a nadie. A un leve gesto de su cabeza uno de los jóvenes, solícito, se acercó a unas cortinas gruesas que hizo se descorrieran y descubrió un armazón metálico que sostenía cadenas, a mi asustada mirada le parecieron demasiadas. También me pude fijar que había dos cortos pilares de madera grabada con filigranas a una distancia que calculé podría ser algo más de un metro entre una y otra y cuatro escalones por los que se accedía a ellos.
La mujer tiró suavemente de la cadena y la seguí hasta los pilares donde el segundo joven colocó mis pies, seguidamente ambos me colocaron los grilletes, cuatro, y la cadena que salía de mi cuello fue también atada al travesaño que quedaba sobre mi cabeza, el efecto no era otro que el de sostenerme en puntillas si no quería morir ahorcada.
Ella empezó a pasear a mi alrededor mirándome y ladeando la cabeza, de vez en cuando, según me acariciaba con su mano derecha o izquierda. Su sonrisa me asustaba, y sentía el helado contacto de sus dedos en mi piel; frío entre otras cosas por la fusta que acababa de tomar de un armario cercano.
A medida que pasaba el tiempo ese temor que me inspiraba comenzó a excitarme, hasta que esa mujer golpeó el extremo de aquella fusta sobre mi clítoris en un movimiento rápido y certero. Fue un dolor intensísimo que hizo que me saltaran las lágrimas y que, sin poder conseguirlo, tratara de cerrar mis piernas, de cerrarme sobre mí misma, de hacerme un nudo o simplemente desaparecer y despertar en un lugar seguro.
De nuevo me amordazaron para mitigar mis gritos que, supongo, les resultaban una molestia. Traté de relajarme y respirar hondo, pero mi cuerpo estaba en tensión, hubiera matado por un vaso de agua, hubiera vendido mi alma al diablo por poder salir de allí. Mi garganta estaba seca, necesitaba agua, mi carne tensa, necesitaba relajarme. Mi mente divagaba sobre mi cuerpo y de repente sentí que todo se movía, desorientada y asustada veía cómo la habitación se dio la vuelta, era el artefacto al que estaba atada el que giró sin pevio aviso, y ahora mi cuerpo colgaba por los tobillos, y las dos mujeres estaban a mi lado, y ví a S. a cuatro metros de mí, mirándome con su característica media sonrisa que empecé a odiar.
Una de las mujeres acercó su boca a mi dolorido clítoris lamiéndolo con suavidad y sentí un hormigueante placer. La otra mujer , desde abajo, me acariciaba los pechos, los lamía y los mordía sin ningún control sobre su fuerza, y acariciaba mi vientre con sus manos. Entonces, no sé de dónde, sacaron una afilada daga que vi cuando abrí los ojos al apreciar el filo frío que redondeaba mis pezones con tal habilidad que no me causó el mínimo rasguño. Quien era quien no pude apreciarlo, pero sí sus acciones. Lamieron y mordieron los labios de mi vagina, introdujeron su lengua con voracidad, sus dedos se movían dentro de mí salvajemente explorando mi interior, me follaron con varios consoladores de diversas formas y tamaños, que hicieron se adentrasen tanto en mi vagina como en mi ano, o ambos a la vez jugando con estrépito y haciendo que estallara en un orgasmo detrás de otro, usaron la daga de nuevo con asombrosa eficacia acercando el filo poco a poco, dibujando cada uno de mis pliegues, internándose en mí y girando sobre sí misma mientras yo gritaba aterrorizada, y moría de placer, con cada orgasmo mi vientre se contraía y estallaba a la vez; notaba mis jugos que se salían e inundaban mis ingles y mi pubis. Jadeaba como una yegua después de desbocarse y nadie me acercaba un poco de agua. No podía dejar de llorar pero tampoco de gozar como jamás antes lo había hecho, hasta perder el conocimiento.
Desperté tumbada en uno de los sofás. Me ofrecían una finísima copa con champagne, la aparté pidiendo, casi suplicando, un vaso de agua. Me lo acercaron rápidamente y lo bebí con ansiedad, pero con infinito cuidado, como si fuera la última copa de agua de la tirerra, bebí con el temor de que se me cayera por el temblor de mis manos y fijé toda mi atención en esa copa de agua helada, mis ojos recorrieron su camino desde la copa hasta mi temblorosa boca y fue así como vi que estaba, desde el cuello hasta el pubis, inundada de semen. Se habían masturbado y corrido sobre mí, estaba cubierta y yo no me había dado cuenta de nada.
Alguien me acercó mi vestido. Me vestí todo lo rápido que pude, cogí mis zapatos con la mano y salí de aquella habitación. Escuché mi nombre tras de mí, era S. que me preguntó si me había gustado la experiencia. Le miré fijamente a los ojos y le dije: “Mira, si crees que para gozar necesito que me humillen: te puedes ir a la mierda”.